
Ayer fue el cumpleaños de ella. De la chica que huele a podrido. De la mujer incapacitada para creer en sueños. Ayer, sí. Y estuvimos todos, acompañándola con nuestras voces, y mimándole el alma, pero ella continuó triste. Y su pesar se contagio. Me infecto, y me inunde de pena, porque yo no vi a la mujer fuego. Quizás, pensé, sería su día festivo, quizás, fue la casualidad que no quiso que nuestras miradas se cruzaran, ni que nuestros ojos dialogaran la ley del deseo. También pensé que ya era día 1, y quizás ayer fue su último día de trabajo. Acabo la temporada. Acaba el verano, y acaba ella. Sí, supongo que ayer se despidió de todos sus compañeros y les deseo suerte en la vida. Y todo porque los turistas ya no rellenan las mesas, así que ella se tornó prescindible, innecesaria, e incluso molesta. Un mueble inservible, a pesar de ser decorativo. Ella era 1000 €. Un sueldo a ahorrar, pensó el jefe. Y quizás, por eso, no la veré más. Y no sucederá nada, ahora ya sí que no, ahora ya no cabrá la posibilidad de compartir el dentífrico. Y por eso me ahogué de pena.